El porcino se enfrenta a tres problemas comerciales: el veto impuesto por Rusia, que intenta a toda costa defender su sector; las medidas de bienestar animal, que son normas con un claro objetivo sociopolítico; así como la nueva norma de etiquetado de carnes frescas

El sector del porcino se enfrenta a tres inconvenientes comerciales. En primer lugar, el problema del mercado ruso no termina de resolverse. El veto que se impuso a las exportaciones cárnicas de porcino españolas se fundamentó en motivos técnico sanitarios. Pocos se lo creyeron y se entendió como una forma de defender su sector, sometido a una fuerte presión comercial exterior desde su ingreso en la Organización Mundial del Comercio, el 22 de agosto de 2012. Esta integración se cerró con un desacuerdo en relación al mantenimiento o eliminación de las listas de establecimientos de terceros países autorizados por Rusia para la exportación de carnes y productos cárnicos. No obstante, existía la convicción de que las subsanaciones requeridas en las diferentes plantas serían aprobadas con rapidez. La realidad ha sido otra y, a pesar de que las medidas correctoras se han aplicado, el procedimiento administrativo del Servicio Federal de Supervisión Sanitaria y Fitosanitaria de la Federación de Rusia está siendo exasperantemente lento, al pedir con cuentagotas, nueva y poca trascendente información. El objetivo es claro, ganar tiempo para poder proteger su mercado interno. En esta situación no se ha encontrado solo España, sino también otros socios comunitarios e incluso otros mercados de origen como Brasil o Estados Unidos.

En segundo lugar, las medidas de bienestar animal. En 2001 se aprobó la Directiva Europea 2001/88/CE, traspuesta a la normativa nacional mediante el Real Decreto 1135/2002. En ellas se regulan los requisitos que deben cumplir todas las instalaciones para cerdos confinados destinados a la cría o al engorde. Desde el 2003 fue de obligado cumplimiento para las nuevas instalaciones y a partir de 2013 ha entrado en vigor para el resto.

Su aplicación en España ha reducido en un 2% la producción y aumentado un 0,05% los costes, de acuerdo con los datos que maneja la Asociación Nacional de Productores de Ganado Porcino (ANPROGRAPOR). La repercusión en la estructura de costes de explotación de la empresa ganadera ha sido mucho menor de lo previsto inicialmente por el propio sector. Pueden parecer porcentajes poco llamativos, en particular el incremento de costes, pero el sector es muy sensible a esta suma de partes, ya que los márgenes comerciales son muy estrechos. Otra cuestión son las inversiones que ha habido que realizar y que han supuesto un desembolso importante en el año de su ejecución, rondando los 250-450 euros por cerda; es decir, para una granja de 500 animales, entorno a los 175.000 euros. Todo ello en un año donde el acceso a la financiación ha sido extremadamente difícil.

 	Cerdos ibéricos en la dehesa extremeñaANÁLISIS AGRARIO JUAN QUINTANA www.juanquintana.com |

Hay que resaltar que las regulaciones de bienestar animal en la Unión Europea (UE) no siempre se basan en evidencias científicas. En muchos casos se trata de normas con un claro objetivo sociopolítico, fundamentadas en factores antropomórficos, en vez de zootécnicos, por lo que perjudican al sector, sin aportar nada al consumidor y muy poco al animal.

El porcino en extensivo, dominante en Extremadura a través del ibérico, también debe cumplir con los requisitos del Real Decreto 1135/2002, a excepción de los aspectos relacionados con el revestimiento de los suelos y las horas mínimas de luz.

En tercer lugar, la nueva norma de etiquetado de carnes frescas, por su lugar de cría y sacrificio, ha sido el modelo elegido por la Comisión para diferenciar el origen. Al final, como casi todo en las decisiones europeas, prima la defensa de los intereses nacionales. Esta batalla la han ganado los ingleses, franceses, italianos y portugueses, países netamente importadores de carnes de porcino, que consiguen de esta manera potenciar el consumo de producto propio, hasta ahora indiferenciado. Pierden los exportadores, como es el caso de España, que previsiblemente verá reducido su consumo en estos mercados de destino. Solo una diferenciación de calidad del producto español podría haber evitado este probable impacto. Un marchamo que en el caso de la carne de porcino, no existe.

Fuente: www.hoyagro.es